Aragón, por múltiples razones, siempre se ha inclinado hacia Catalunya. A principios del siglo XX, Barcelona era la segunda ciudad de Aragón, después de Zaragoza, por el número de residentes aragoneses, alrededor de 50.000, y de casi 70.000 en toda Catalunya. En la tercera década, esa cantidad sufrió un importante incremento: el censo de emigrantes se estiró hasta los 120.000 ciudadanos.
Barcelona vivía un momento de expansión y de convulsión a la vez: se creaban fábricas, se ampliaba el horizonte del trabajo, se producían los dramáticos desórdenes de la Semana Trágica de 1909, se fraguaban las pugnas sindicales, se registraba un interesante momento literario y artístico con el Noucentisme, el Modernismo y la llegada de las vanguardias; figuras como Antoni Gaudí, Santiago Rusiñol, Pablo Picasso, Juan Gris, Pablo Gargallo y Ramón Casas, entre otros, desplegaban su talento. Barcelona, en medio de los conflictos, respiraba vitalidad, perspectivas de futuro, algunas tensiones de identidad, y hacia allí encaminaron sus pasos numerosos aragoneses.
Iban a encontrar estabilidad, se dirigían a “la cuna del trabajo”, sin duda, y a la vez llevaban en la cabeza y en el corazón la viva memoria de Aragón. Por eso, muy pronto, los aragoneses sintieron la necesidad de establecer un punto de encuentro, un espacio de tertulia donde se hilvanasen los recuerdos, los proyectos de futuro e incluso un vínculo concreto con el territorio que habían dejado atrás.









